21 de mayo de 2008

Muñoz Molina, Easton Ellis, Aldo Nove



Disfruto con la lectura sencilla de El Viento de la Luna como uno disfruta del pan. He llegado cansada, incapaz de localizar cuál de los astronautas americanos que llegaron al satélite pinta esos cuadros al óleo tan extraños, relamidos y espaciales, peleándose entre el arcaicismo del pincel y el futurismo de sus recuerdos.Hace muchos años que no leía a Muñoz Molina. Desde El Jinete Polaco, o El Invierno en Lisboa, ambas buenas novelas. Había disfrutado con ellos, pero poco después me desencontré con su prosa pausada, inteligente.
De nuevo narra un niño, de un pueblo español a finales de los setenta. Comparto, y eso es reconfortante, las pequeñas expresiones familiares, los nombres de los árboles y los utensilios del campo. En la mente de este adolescente en plena efervescencia púber, la llegada a la Luna es la gran parábola de su momento vital, donde el futuro es tan brillante como irreal. El chico vive entre estos dos planos contrarios, la imaginación y lo tangible, el universo espacial y el bancal. Igual que en los cuadros de aquel astronauta, un futuro de ciencia ficción contrasta con un pasado visto a través de la nostalgia.Muñoz Molina esboza cómo eran las escuelas religiosas, donde la religión no era neutra. Ni una abstracción. Se suceden los pasajes en que el cura intenta captar al protagonista y este intuye en sí un rechazo casi físico, una retracción. La religión de entonces aparece bocetada por el joven “cura enrollado”, a lo profesor en El Club de los Poetas Muertos, como ambiguo aliado y a la vez juez de estos adolescentes, ángeles caídos, dentro de la Creación.
 Si el padre Peter afima que el lazo entre los hombres es irrempazable y se llama Amor y que el que ama a Dios será amado a su vez, el protagonista vive sus cambios físicos, excesivos y sin destinatario, con frustración y congoja, intentando defenderse con cientificismo. Y todo ello, en el entorno de una sociedad eminentemente familiar, que tras la guerra se agarra a sus propios roles sociales como a un reparto teatral, a la sombra de las higueras o al calor del brasero, celebrando cosechas y santos, cuya ética se resume en que lo que crea comunidad es bueno; lo que siembra el aislamiento, malo.
Disfruto, sí. Como si mi hubieran regalado un Salinger en español. Un relato de crecimiento a base de apostársela por una identidad aún amorfa y engañosa. Una identidad intransigente con el otro porque, a fin de cuentas, no es capaz de reconocerse en sí mismo, el del acné y las pajas.

Anexo 1. NASA Photo AS16-117-18841
El astronauta Charles Duke tomó esta foto de una foto familiar sobre la superficie de la Luna en su viaje con el Apolo. La polaroid, envuelta en una funda de plástico, fue realizada por Loudy Benjamin y parece que manuscrito en el reverso está "This is the family of Astronaut Duke from Planet Earth. Landed on the Moon, April 1972."
Debajo firmaron su mujer e hijos.Suponemos que sigue allí.


Anexo 2. Arte Galáctico
"¿Quién su artista favorito?
-Claude Monet"
Entrevista a Alan Bean por Ulrich Lotzman y Guillermo Calvo, "El Artista Galáctico" TF, Astros y Artistas, año 2006, Número 8, Madrid. M-47328-2006.
Anexo 3. Lunar Park
Lunar Park, Bret Easton Ellis, trad. de Cruz Rodríguez Juiz, Ed. de Bolsillo, Barcelona 2006.

Bret Easton Ellis inicia esta novela explicando que con 21 años lo petó con Menos que Cero, lo llamaron a millones de entrevistas, estuvo presentando la MTV durante una semana y se casó con una famosa actriz. Como es testimonio común por parte de los famosos, Bret cuenta cómo está intentando reformarse, convertirse en profesor universitario, asistir a terapia y ser un buen padre. Intenta. La ansiedad por el status le persigue. Su mejor novela, American Psycho, le persigue. Y reconoce que su matrimonio es falso y está acabado, que es adicto a los medicamentos, que no puede evitar obsesionarse con las alumnas, que bebe porque no soporta la idiota estandarización de su perfecto barrio residencial ni a su niña vestida de Cher, ni a su hijo con su cuarto infranqueable, decorado como un parque lunar.
Y en el punto de la novela en que ves que está estancado (porque es que te cuenta que está estancado) Bret se aprovecha de la presunción de realidad que ha creado con este rollo autobiográfico: en una fiesta de Halloween aparece Patrick Bateman, el protagonista de American Psycho, figura fundamental en la Literatura fin de siglo. No se debe hacer eso, pero Bret dice: ése es mi problema, lo reconozco, te lo estoy contando. Es que no puedo hacer nada porque el peso del fantasma de Bateman me persigue.

"Ya no le gustaba el escritor porque intentaba seguir un esquema. Seguía un plan. Evaluaba las condiciones climáticas, predecía los acontecimientos. Quería respuestas, necesitaba claridad. Tenía que controlar el mundo.
El escritor anhelaba el caos, el misterio, la muerte, tales eran sus aspiraciones. El impulso al que tendía. El escritor quería explosiones de bombas. El escritor quería una derrota olímpica. El escritor ansiaba el mito y la leyenda y la causalidady las llamas. El escritor quería que Patrick Bateman regresara a nuestras vidas. El escritor confiaba en que el horror de todo ello me electrizara."
(pag 265)


Desprotegido como autor, Easton Ellis acelera la espiral: adolescentes de la edad de su hijo comienzan a desaparecer y muñecos anunciados en televisión cobran vida.
Como en el libro de Muñoz Molina, el hijo se separa del padre. La era de la tecnología global los ha separado con una falla conceptual inquebrantable. Sin embargo, él se siente más identificado que nunca con su hijo, socialmente inadaptado, inmaduro e incomprendido.

“Yo me limité a arrastrar los pies amistosamente por la inmensidad de la habitación y fingir interés por los diversos objetos.
__¿Ocurre algo? –le oí preguntar preocupado-. ¿He hecho algo malo?
__No, no, no, Robby. Claro que no. Estoy admirando la habitación.
__Pero, eh, ¿por qué?
__Tienes… mucha suerte.
__¿Ah, sí?
(…)
me quedé mirando los planetas móviles que colgaban en medio de la habitación, el universo que flotaba bajo el techo acolchado de estrellas. Los satélites en órbita, los cohetes y astronautas, las naves espaciales y rocas lunares Marte y el feroz meteorito con rumbo a la Tierra y la preocupación por los avistamientos extraterrestres y la necesidad de establecer colonias por todo el sistema solar.”
(Pag 120)


Los pasajes poéticos y bellísimos, facturados y embriagadores salpican todo el texto. Da igual el argumento, tampoco fue nunca su fuerte. Es mejor ser consciente, reírse del propio fracaso, rememorar la muerte de tu padre y dejar un mensaje final a tu hijo, para ese día en que te entierre él. Da igual el desastre, las bombas nucleares, las polaroids, las canciones, las montañas tapadas por el reflejo de la cámara y los miedos confirmados que al final saltan de tus propios textos. La vida continúa, de padre a hijo, de hijo a padre.

4 comentarios:

José Manuel Díez dijo...

Llego a tu blog por casualidad y releo varios posts. Me gusta como cuentas las cosas.

Se agradece la mención de Lorca, Bukowski y Morente en mitad de esta madrugada extremeña donde ya empieza a hacer calor... tres personajes que admiro por idéntica razón: la sinceridad rotunda de sus trabajos. (Al tercero de ellos tuve la suerte de conocerlo en persona hace unos años, y no defraudó mis expectativas).

A veces encontramos a gente en este mundo de blog que jamás encontraríamos por la calle y, de hacerlo, nunca nos detendríamos a comprobar qué quieren contarnos y cómo quieren hacerlo. Hoy me ha vuelto a pasar.

Un saludo desde Badajoz. Te invito a visitar también mi Locura ordinaria.

JM

eme dijo...

Gracias, José Manuel. Tu tierra es muy bella. Lo que me interesaba de esos tres mosqueteros son sus zonas de intersección. Qué suerte conocer a Morente. Nos vemos.

Christian Supiot dijo...

off topic...

Has visto esta editorial?

Errata naturae

También tienen cabezas de perro.

eme dijo...

Gracias, Christian. había visto algunas portadas por internet, pero no he visto ninguno en persona. Parece que tiene buena selección, sí. Y un diseño acertado.

 
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