21 de agosto de 2008

Carver, Auster, Junot Díaz.



La mayoría de los personajes del último libro de Carver, una recopilación de relatos descartados que su mujer decidió publicar tras su muerte, beben mucho. Lo cita García Casado en Las Afueras: "por su parte, ella me enseñó a beber". Para no caerse, para no desintegrarse en mil pedazos. En La plaza del mundo, leo una frase de Juan Bonilla que me capta. Algo como "elegir el destino de encerrarse en apartamento urbano y dedicarse a beber". Es como en la primera parte de El ilusionista, de Auster. Un profesor que pierde a mujer e hijos en un accidente de avión y durante un tiempo no tiene otra recurso para no resquebrajarse. Durante años canté los versos de Still ill, de los Smiths, como "I ended up with solids", cuando era "I ended up with sore lips". Esas primeras páginas de Auster son realistas y cautivadoras, como un Carver posterapiado. A partir de la decisión del protagonista de abandonar su régimen de líquidos e escritura compulsiva el libro es el que cae en picado. 31 grados. España contra Dinamarca a pesar del siniestro. Mamen Mendizábal es el busto parlante que conecta con pilotos y alcaldes en el informativo. Mientras yo la veo en la pantalla de casa, sé que la voz de mi chico viaja por el pinaguillo hacia su mismo oído desde control. Por la mañana dejo a Auster en casa, me cojo un tren, viajo al lado de una monja. Reconocería a una de ellas en cualquier sitio. Los zapatos de monja son inconfundibles. El olor. La textura de su piel, como carne de ave. Mientras estoy leyendo a Junot Díaz, prestado por Mamen, me llama mi hermana: mi padre ha salido de la operación. Todo bien. No para de hablar, y en su confusión anestésica confunde la pantalla y los mandos de la laparoscopia con un videojuego. Ha leído todo el fregado en esos términos y está entusiasmado. Me quedo con él y su conversación va languideciendo poco a poco. Nada de sólidos durante unos días. Junot es como un Coupland caribeño, pero sin melancolía, o como un Walcott fanático de las consolas y la Guerra de las Galaxias.
En ocasiones límites uno se encuentra con su verdadera dote genética. Los seis componentes de la familia nerviosos y pululando, intercambiando llaves de coche, manías y contramanías. Hoy lo reconozco: yo también soy nerd, pero me viene de casta. Todos mis hermanos lo son. Me gustaría un trago en casa, a puerta cerrada y con la tele apagada, para celebrarlo.

4 comentarios:

The sea, the sky, the dust dijo...

me encanta Coupland y me corroe la curiosidad por leer a un Coupland caribeño.

Saludos

eme dijo...

Bueno, no ha estado mal, no dejes de leerlo, pero tampoco pondría la mano en el fuego por él. Siento chafar libros, pero lo suyo es una narrativa común con aditivos que encajan en lo postmo-caribeño. Un beso.

raúl quinto dijo...

leer tu post me ha dado una sed terrible.

eme dijo...

un saludo, raúl.
a tu salud.

 
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