Desgracia, J.M.Coetzee, Trad. de Miguel Martínez-Lage, Colección Contemporánea, Ed. De Bolsillo, Barcelona 2005.
Mi tiempo se extravía fácilmente, como si se lo tragaran las bocas imposibles del parque de Bomarzo en Antonioni. La semana siguiente saldré para Togo, con un grupo que va a mostrar a los habitantes de la aldea de Defalé un documental sobre su comunidad y el Centro Hulmen grabado allí el año pasado. El plan es trabajar con las mujeres de la cooperativa de teñido en estampados a la cera, convivir un poco con ellos. Conocernos, supongo. Porque para mí, África es una gran desconocida. No sé de dónde nacen sus mitos, sus historias, las canciones que cantan los niños. Piso sobre arenas movedizas. En qué piensan cuando se juntan a bordar bajo el árbol de teca o al hacer el chucutú. Me voy con respeto y las orejas gachas, ya os contaré cómo es el mundo de Coetzee en un par de semanas.
Hasta entonces, os recomiendo Desgracia, una inteligente novela de este autor que teje varios temas, desde la maldición del deseo para un maduro profesor a la violencia social contra los blancos en África. Cuándo dominamos, cuándo somos vejados. La naturaleza, benigna y maligna, de la represión social. Si la mujer es tentación sexual (como sus alumnas), o víctima (como su hija).
"Cuando eras pequeña, cuando todavía vivíamos en Kenilworth, los vecinos de al lado tenían un perro (...), era un macho. Cada vez que por el vecindario asomaba una perra se excitaba y se ponía como loco, era casi imposible de controlar. Con una regularidad pavloviana, los dueños le pegaban. Y así hasta que llegó el día en qe el pobre perro ya no supo qué hacer. (...) En aquel espectáculo había algo tan innoble, tan ignominioso, que llegaba a desesperarme. A mí me parece que se puede castigar a un perro por una falta (...), un perro siempre aceptará una falta de esa clase: por destrozar un objeto, una paliza. El deseo, en cambio, es harina de otro costal. Ningún animal aceptará esa justicia, que se le castigue por su instinto."
Y hablando de la relación con una alumna que le ha costado su puesto en la Universidad:
"Las bodas de Cronos y Harmonía: algo antinatural. Eso fue lo que se pretendió castigar con el juicio, una vez despojada el habla de palabras grandilocuentes. Fue juzgado por su manera de vivir. Por cometer actos impropios; por diseminar su simiente vieja, cansada, simiente que no brota, contra naturam. Si los viejos montan a la jóvenes, ¿cuál será el futuro de la especie? (...) De eso trata la mitad de la literatura, del modo en que las jóvenes se debaten por escapar del eso de los viejos, y todo en aras de la especie."
En esencia, es el mismo tema de la detestable película Elegy, dirigida por la Coixet, pero tratado con complejidad y reflexión, como merece su dureza. ¿Quién puede creerse que el personaje al que interpreta Penélope Cruz es una universitaria de posgrado? Me resultó irritante saber que esa historia había sido escrita por Philip Roth, bajo el título El animal moribundo. Una vez más, la figura del profesor (anglosajón) que es fatalmente atraído por la belleza de una alumna (cubana) pero es incapaz de reconocerla como igual asistiendo a su fiesta de graduación. La desigualdad de rol, edad, etnia. Finalmente la debilidad física de ella, la victimización que vuelve a llevar la relación al mismo punto. Personajes planos, escenas estereotipadas, referencia fáciles. El primer mundo, culto, ilustre y masculino, explotando la belleza salvaje de un tercer mundo, joven y fértil. El tercer mundo, atraído por la experiencia y el halo poderoso del primero.